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Es otoño y la niebla invade las calles vacías de Las Cruces. Sólo unos pocos locales, las botillerías y juego de video tan clásicos del estilo playero, sobreviven al cese de la vorágine que invade al Litoral Central cada verano.
El desaparecimiento de las masas veraniegas le da más brillo a Las Cruces. La tranquilidad hace que sus vecinos retomen la cordialidad, que el aire marino resurja de manera potente, que el rumor de las olas supere a la de los pocos autos que andan por sus ondulantes callejuelas. El epicentro del lugar es la playa Chica o de Las Cadenas, por los enormes eslabones de acero unidos que separan las arenas de una pequeña costanera.
Larga Historia
La historia de Las Cruces es antigua. Ubicados en el restaurant "Bellavista", con espectacular vista a la playa de Las Cadenas y luego de disfrutar una comida eminentemente marítima, es posible leer un cuadro con la historia de Las Cruces, del investigador local Patricio Ross.
La zona estuvo considerada desde la época de la Conquista cuando en 1583 se le otorgan 200 cuadras al conquistador Juan Bohón. Entre ellas estaba incluida Las Cruces. Bohón había fundado La Serena, 4 décadas antes.
Mucho tiempo debió ser sólo campo y lugar de paso ya que recién en 1813 hay testimonios de que en la zona existe una iglesia "La Cruz de Carén", con el paso del tiempo pasó por varios nombres: La Cruz del Carmen e Hijuela de Las Cruces, para terminar con el actual nombre que bautiza esta sección del litoral.
Casonas, Bosques y Parra
Parte del municipio de El Tabo, este antiguo poblado es mucho más que una encantadora playa que se encajona entre la costanera y sus bellas casas.
El pueblo se divide en dos sectores: Vaticano y Quirinal. Norte y Sur alrededor de la playa Chica, respectivamente, tienen un hermoso y desconocido legado arquitectónico y patrimonial que trasciende al simple verano. Sus raíces aristocráticas que implementaron bellas casonas en los albores del siglo XX, de las cuáles algunas hay vestigios muy bien mantenidos, han llamado la atención de una serie de artistas y vanguardia criolla que en la actualidad han vuelto a poblar las dos colinas de Las Cruces.
Lejano al estereotipo de "clase", acá conviven pescadores, arquitectos, monjas, el botillero, etc., todo tipo de personas que han sido imantadas por el embrujo de la zona. No es exagerado decirlo, sólo basta pasear por sus ondulantes calles, que prácticamente tienen todas panorámicas del Pacífico u observar los enormes pinos que llevan tantos años habitando acá como las viejas casonas que se ubican en la zona del Vaticano.
Este barrio, nominado así por la beatitud de sus primeros moradores, es el que más edificaciones antiguas posee destacando la casa de Don Amadeo Gundelach (1900), el Hotel Villa Trouville (1952), La casa Rodríguez Labbé (1917), único legado del arquitecto Josué Smith Labbé y la casona de tejuelas en dónde habita Nicanor Parra, el antipoeta que nunca se deja ver. Claro que es posible otear algunos de sus "artefactos" y el escarabajo que siempre está aparcado en las afueras lleno de cachureos.
Cruzando la playa Chica, la costanera ofrece bellas construcciones de diferentes estilos y cuidados jardines. Es parte del barrio Quirinal, nacido como la parte lúdica antepuesta a los conservadores del Vaticano, en dónde destacan el Hotel de don Amadeo Gundelach (recinto Fonasa), el Hotel Bellavista, y la presencia de la "punta de rieles" del ferrocarril que unía a Las Cruces con Cartagena hace un siglo. El paseo por acá amerita una empanada de marisco, especialidad de los restaurantes locales.
Playas, Punta Lacho y Laguna El Peral
La arquitectura e historia es importante, sin embargo el factor que ha llevado a tener toda esta raigambre en Las Cruces corresponde a la naturaleza que la circunda. Una serie de playas separadas por roqueríos de variadas formas y un oleaje permanente del océano, sumado a una brisa que siempre refresca, son los atractivos más potentes del lugar.
De Sur a Norte encontramos la Playa Larga, hermosa y de arenas plomizas, que une a Las Cruces con San Sebastián y Cartagena observando un oleaje potente y no apto para nado. Recomendable las cabalgatas o el recorrerla en bicicleta por la orilla del mar. Posteriormente se ubica la Playa Chica o de Las Cadenas, ubicada en la costanera, en una especie de bahía que en verano la transforma en el balneario principal. Hay varios restaurantes y juegos para niños.
Por el sector del Vaticano se llega, tras un bello bosque de pinos, a la playa Los Pescadores. Preguntar por el nombre es algo de más: cinco botes bellamente pintados descansan en la orilla de una pequeña bahía rodeada de rocas. Hay una ruta que sigue por acá hacia el norte y que, rocas mediante, llega a la afamada Punta Lacho, catalogado como el mejor mirador del Litoral Central por tener panorámicas desde Isla Negra a Cartagena. No obstante hay algunos problemas: los recuerdos de la presencia humana que olvida llevarse su basura.
Limpio y al cuidado de Conaf, por el contrario, es la Laguna El Peral, ubicada en la zona de Quirinal y a un costado de la carretera que une a los poblados litorales. Declarado como Santuario de la Naturaleza en 1975, la laguna se alimenta de aguas que vienen desde el estero Los helechos y en su superficie, de 16 hectáreas, conviven un centenar de aves, siendo más de 40 exclusivamente acuáticas, con lo que el valor del área se realza.
Las especies más comunes y que nidifican en el área todos los años son: cisne de cuello negro, huairavo, garza grande, garza boyera, gaviota cáhuil, tres especies de tagua, pidén, picurio, entre otras. Además de tener una vital importancia para las aves migratorias que vienen desde el Hemisferio Norte como la gaviota Franklin, que llega en bandadas de hasta 2 mil individuos.
Todas las especies son visibles en un sendero de 800 metros que posee tres miradores sobre la laguna. Hay horarios habilitados para visitar el Santuario (consultas al (35) 431270).
Las Cruces es balneario para todo el año. Otoño con lluvias, nieblas o repentinos soleados le dan un aire poderoso. Invierno la encuentra en plena soledad y la primavera anuncia, con las aves migratorias, que el calor está por volver. Si pasea por acá, con suerte saluda a don Nicanor. En tanto, el canto del mar nunca para.
Texto y Fotografías: Jorge López Orozco (periodistaviajero@chile.com)
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