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A eso de las siete de la tarde, cuando el calor aún no da su brazo a torcer y los tacos parecen interminables uno lo único que quiere es llegar pronto a la casa. Pero justo cuando dan ganas de dejar el auto botado en la mitad de la calle e irse caminando, aparecen unos simpáticos personajes que se han apoderado de las esquinas de Santiago y de cada semáforo con luz roja: los malabaristas de la calle.
Con trajes vistosos, nariz de payaso y un par de clavas inician su show: saludan al público, realizan su rutina, dan las gracias y pasan recolectando monedas, todo eso en un lapso récord de menos de 3 minutos, que es lo que habitualmente permanecen los autos detenidos. Entre luces amarillas y rojas repiten una y otra vez la rutina, la que busca alegrar las esquinas más concurridas de Santiago.
Juan y Angelo trabajan juntos hace dos semanas en Alcántara con Martín de Zamora. Hace cinco años aprendieron a hacer malabarismo. Lo lograron imitando a sus amigos, practicando mucho y yendo todos los fines de semana al Parque Forestal, en donde se congregaba la Agrupación de Malabaristas de Chile. Fue allí donde empezaron a desarrollar en forma intensa el gusto por las artes circenses, la misma que hoy utilizan como arma de trabajo.
Fue hace cinco meses que tomaron la determinación de salir a trabajar a la calle. “Lo pasamos bien haciendo esto y también ganamos plata, que es la mejor combinación para realizar un trabajo”, cuentan.
A coro confiesan que les ha ido bastante bien y que trabajar en los sectores más altos de Santiago es una buena opción para hacer más dinero. “En una tarde hacemos $10.000 para cada uno, cosa que no se puede hacer en otras comunas donde la gente no puede entregar más. Además acá tenemos la posibilidad de recibir hartas ofertas para ir a eventos o animar cumpleaños”.
Juan tiene 20 años y aunque este año quiere entrar a estudiar Topografía a algún instituto, no piensa en dejar de lado el malabarismo porque, y tal como él mismo sentencia, “es parte de mi vida”.
Su familia lo apoya, incluso su madre cuenta orgullosa que tiene un artista en su familia y le encanta que su hijo se gane la vida en una actividad que entrega alegría a los demás.
Angelo (18) salió el año pasado del colegio, pero lamentablemente no le fue bien en la Prueba de Aptitud Académica por lo que decidió hacer un preuniversitario y rendirla nuevamente este año.
De todas formas seguirá desempeñándose como monitor de malabarismo porque cuenta que se siente realmente pleno practicándolo y también porque en su casa lo apoyan y le compran las “clavas” para realizar sus malabares. “Aunque no lo dicen expresamente, sé que les gusta que lo haga porque para la Navidad estuve en un evento en una empresa y me fueron a sacar fotos, creo que les gusta”, contó.
Ambos chicos reconocen que el trabajo circense ha llenado un rinconcito de sus vidas y se sienten felices y satisfechos de poder entregar a la gente un minuto de distracción en la hora más estresante y pesada del día, la hora del taco.
