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Qué chileno no se sacó alguna vez una foto a caballito o junto a simpáticos personajes en la Plaza de Armas y guarda ese retrato en el cajón de los recuerdos. Hace más de 20 años este lugar alberga entre sus bancos y árboles a hombres que han visto pasar décadas frente a sus cámaras.
Generaciones tras generaciones han sido parte de esta costumbre que hoy, producto de los avances de las nuevas tecnologías, se está perdiendo.
Luis Maldonado, de 32 años, hace 10 que se dedica exclusivamente a sacar fotografías, al igual como antes lo hacían su padre y su abuelo. Él aprendió mirando y hoy este oficio se ha transformado en su pasión.
La máquina de cajón o “Minutera” es su gran tesoro y es la misma con la que su abuelo captó a muchos rostros en décadas anteriores. Con orgullo, asegura que en Chile no hay más de 15 de ellas.
Entre sus adornos y recuerdos posee fotografías de los años 50 y le apena pensar que con el surgimiento de tecnologías más modernas e incluso desechables, la magia de la “Minutera” se está perdiendo. Además, lo desmotiva el hecho de que por el mismo precio que él cobra por una imagen (entre $1.000 y $2.000) se puede revelar un rollo de 12 ó 24 fotos en un lugar en promoción.
“Hace cuatro o cinco años atrás esto era un boom, pero ahora hay que estar todo el día bajo el sol para lograr sólo una fotografía. Eso indica que el negocio está cada día peor. Para mí es aceptable hacer arriba de 10 fotos, con eso puedo subsistir y pagar mis cuentas, pero también entiendo que hay gente que prefiere guardar esa plata para comprar pan, por ejemplo. Lo malo es que no tengo un parámetro de cuántas fotos voy a sacar al día, por ejemplo, hoy puedo sacar 10 y mañana una o ninguna y no sé si voy a hacer la plata que necesito”, nos relata.
Luis ha sufrido grandes dificultades en su vida por el hecho de mantener viva una tradición y dedicarse con alegría a ella, aunque confiesa que si le ofrecieran trabajar en una revista o un diario como gráfico aceptaría a ojos cerrados porque de todos modos seguiría haciendo lo que más le gusta en la vida: fotografiar.
“He pensado dedicarme a otra cosa durante las noches y dejar el día solamente para trabajar aquí, ya que cuando se acerca el invierno me quedo muchos días de brazos cruzados. No vale ni la pena que salga de la casa en un día de lluvia. Es en esa época cuando peor me va, paso hambre y frío, tengo que pedir fiado, en fin, lo mismo que todos, sólo que algunos están mejor que yo y otros peor".
Al menos, la suerte cambia en la época estival: "En Navidad, es otra cosa, nos ponemos con un trineo y un Viejito Pascuero y nos va mil veces mejor", comenta con alivio.
Durante la remodelación de la Plaza de Armas, Luis se vio obligado a buscar otras alternativas, fue ayudante de panadero, cuidador de autos, vendedor en un negocio e hizo aseo. Pero apenas terminaron los trabajos, volvió a la plaza donde ahora tiene un lugar estable que le concedió la Municipalidad de Santiago.
Luis siente que es ahí donde está su historia y que todo lo que ha aprendido, lo ha hecho en ese lugar. Con chochera se define como un "fotógrafo de la calle" y cuenta una de sus proezas: "El otro día le saqué una foto a la Andrea Molina, nadie me dejaba, los guardias me empujaban, pero me las ingenié, y le pedí por favor, casi llorando que me dejara tomarle una foto. Después de un rato, ella sonrió y se la pude tomar. Sé que no lo hubiera logrado de no ser porque he aprendido a tratar a todo tipo de gente, sé cómo hablarles, qué decirles y cómo comportarme”, relata. Pese a esto, Luis cree que hubiese sido importante tomar un curso de fotografía, ya que hay muchas cosas que lamenta no manejar.
Aparte de los niños, muchos extranjeros pasean habitualmente por la plaza y llegan al puesto de Luis atraídos por la antigua cámara de cajón que tiene. Algunos le comentan que fuera de Chile tendría éxito, ya que en Europa no se ven cosas así. Él ha pensado en irse, pero el dinero no le alcanza para partir junto a toda su familia, por lo que ve muy lejana la idea de emigrar a nuevas horizontes.
Por ahora su deseo más próximo es que sus hijos se sientan orgullosos de él: “aunque no fui una persona importante, traté de hacerlo lo mejor posible”.
Aunque no sabe si sus hijos seguirán la tradición familiar, ya que son muy pequeños aún, advierte que no le agradaría perder las costumbres que han identificado a su familia durante años, pero tampoco le gustaría que ellos pasaran por los mismos aprietos económicos que él ha pasado en este oficio.
