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BRILLOS QUE DEJAN HUELLAS

Plaza de Armas de Santiago, 8.30 de la mañana. Al igual que hace 40 años, Raúl Fuentes llega a su lugar de trabajo. A pesar del ruido y del caminar acelerado de los transeúntes, instala su “oficina” con toda tranquilidad, como si estuviese completamente solo.

Todos sus utensilios ya están perfectamente alineados sobre un paño rojo. Sentado en un pequeño banco con el delantal azul que una empresa le regaló, Raúl espera a su primer cliente.

Dos metros más allá se instala su colega Víctor Garrido, quien saluda con una sonrisa y le dice a Raúl que ahora sí que se van a volver famosos, a lo que éste contesta: “No escuche a este viejo mijita, no ve que los años lo hacen decir leseras”.

Sin mucho trámite, un interesado se sienta en la silla más alta para que Raúl, un artista en su oficio, comience con su tarea, ya que como él mismo dice, “lustrar zapatos es todo un arte”.

Con el pantalón arremangado y una fina cartulina alrededor del calcetín para no mancharlo, el dueño de los zapatos se acomoda en el asiento, mientras el lustrabotas le ofrece el diario del día, el cual le presta su amigo, el “Gordo” que atiende el quiosco de la esquina.

Raúl comienza su ritual sacando el polvo de los zapatos con un cepillo, luego los baña con un líquido negruzco. Al preguntarle de qué estaba compuesto, se negó a contestar: “La fórmula de este químico es un secreto pro-fe-sio-nal”, comenta, mientras se ríe y sigue su trabajo.

Por lo menos dos veces, sin escatimar betún restriega todo el calzado para después, con movimientos circulares, hacerlo relucir con una escobilla de finas cerdas. Finalmente observa su labor y, cuando se siente satisfecho, le da el último toque, frotándolo fuertemente con un paño de algodón.

“Trabajo terminado”, un par de brillantes mocasines se alejan del puesto, mientras el lustrabotas, arregla el letrero que dice: “Tenga el mejor brillo en sus pies, por sólo 350 pesos”.

La infaltable competencia
En el sector hay varios lustrabotas, a primera vista parecen ser todos amigos, pero Vitoco (como llaman a Víctor Garrido) me advierte: “Aquí nada es lo que parece, la competencia es dura. Pa’ que le cuento los cahuines que se arman. Por eso aquí con mi compadrito (refiriéndose a Raúl) nos mantenemos callaitos no más. Es rico trabajar acá, porque hay harto que mirar. Lo malo es la competencia”.

Más de la mitad de los afiliados al sindicato de lustrabotas de Santiago trabaja en el centro y, aunque la mayoría está asociada a esta entidad, la rivalidad en el trabajo es inevitable.

“El gremio ayuda a conseguir empresas que nos cooperan con los materiales, a obtener la patente municipal y a conseguir lugares para guardar la silla de trabajo”, señala Vitoco, mientras ofrece sus servicios a quienes transitan por la Plaza de Armas.

Una de las cosas más gratificantes de esta ocupación es tener la oportunidad de conocer gente del ambiente público. “Yo le he lustrado los zapatos de Fernando Alarcón y al “Pollo” Fuentes”, se apura en decir Vitoco. Raúl tampoco se queda atrás en lo que a famosos se refiere: “Yo he atendido a Nelson Acosta y al mismísimo Presidente de Chile, al Ricardo Lagos”, acota.

Una grata conversación sobre el clima o problemas políticos acompaña generalmente a este oficio. “La conversa depende del cliente, aunque generalmente empiezo hablando yo. Si no me pesca, le ofrezco el diario y trabajo callado, no me queda otra. Pero yo prefiero a los que son más sociable, porque así se hace más entretenido el trabajo”, señala.

Gajes del oficio
A pesar de parecer un oficio fácil, ser lustrabotas no está exento de complicaciones. Robos, niños y mujeres son los principales dolores de cabeza del oficio.

“Hace tres años me robaron la silla de trabajo con todos los materiales adentro, por eso ahora la guardo en un negocio aquí cerquita”, explica Raúl.

Aunque ellos tienen mucho cuidado de no manchar los calcetines, según Vitoco, cuando el cliente es un niño, todo puede suceder. “Al atender a un cabro chico, trato de trabajar los más rápido posible, pero se mueven tanto que debo tener cuatro ojos y cinco manos para no ensuciarlo. Y si lo llego a manchar me tengo que comer todo el reto de la madre. Personalmente, evito atenderlos”, indica.

Las mujeres presentan la mayor dificultad. No es que no nos gusten las damas, aclaran rápidamente los colegas. “Es que lustrar los zapatos de una clienta con falda, es re complicado. Se mueven mucho para que yo no vea su ropa íntima o muestran todo y ahí, el incómodo soy yo”, concluye Vitoco, con una pícara sonrisa.

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