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Que los cuidadores de autos son sólo hombres es un gran mito. Y es que cada día son más las mujeres que se adueñan de calles completas y en forma amable invitan a los conductores a estacionarse en su cuadra.
Existen algunas diferencias en la manera en que cuidan los autos mujeres y hombres. Ellas son mucho más cuidadosas y comprensivas. En forma reiterada le desean al conductor que “vaya tranquilo porque al auto no le va a pasar nada” y no dudan en ponerse a comentar los últimos acontecimientos de la actualidad nacional con quienes apurados dejan sus vehículos y corren a sus trabajos.
Así es Olga, de sólo 16 años, quien se preocupa de estacionar y cuidar autos en la calle Andrés de Fuenzalida, en la comuna de Providencia. Aunque es bastante joven para este trabajo, no es nueva, ya que empezó a acomodar autos hace 3 años, cuando ella y su madre decidieron que juntas podrían ganar más plata.
Gracias a su simpatía y temperamento ha logrado ganarse un espacio entre los cuidadores del sector, cosa que no fue nada de fácil si se considera el recelo que provoca que llegue alguien desconocido y que además se trate de una mujer.
Olga se presenta en su lugar de trabajo a las 20.30 horas. Los tres primeros días de la semana se queda hasta la doce o una de la madrugada, pero los jueves y viernes permanece hasta más de las cinco de la mañana: “Me quedo hasta que todos los autos se van, porque como esta calle esta cerca de Suecia, uno de los centros del carrete santiaguino, esos días este barrio se repleta de gente y se gana un poco más de plata", cuenta entusiasmada.
Olga nos explica que el promedio que logra hacer los días de semana bordea los $3 mil pesos, pero un día viernes junta alrededor de $7.000.
Su rostro se ha endurecido con este trabajo bastante sacrificado para su corta edad. Su mirada revela una ruda firmeza. Y es que no se puede ser de otra manera al pararse en la calle hasta altas horas de la madrugada y esperar que alguna persona de buen corazón estire la mano con más dinero que el habitual y no se escape con las ventanas cerradas como muchos suelen hacerlo.
Pese a que Olga ha tenido que enfrentar situaciones bastante adversas en este oficio, cree que las ha resuelto de buena manera: “He tenido varias peleas, en especial con una niña que vende cosas en la calle. No sé porqué ella se acerca, me tironea, me empuja y yo tengo que responder, porque de lo contrario piensa que le tengo miedo y más me molesta”, cuenta.
Otro problema que a menudo debe enfrentar, es que hay personas que cuando se bajan de sus autos suelen dejan puertas y ventanas abiertas y cuando regresan la culpan a ella de la situación: “Yo les digo que revisen el auto porque yo lo único que hago es cuidárselos, entonces se dan cuenta que no falta nada y se tienen que ir bien calladitos”.
Pese a algunos malos ratos que debe enfrentar, Olga se siente feliz de poder ayudar a su mamá con los gastos de la casa aunque confiesa que en ciertas oportunidades le gustaría estar en casa estudiando o viendo tele o simplemente conversando con sus amigas.
“No tengo muchas amigas, pero tengo una con la que nos conocemos desde que teníamos 5 años. Es a ella a quien le cuento todas mis cosas y casi es la única persona que sabe donde trabajo, porque al resto de las personas no les cuento nada”.
Además de su trabajo, Olga va al colegio. Cursa primero medio en el Valentín Valdivieso y reconoce que se levanta con bastante sueño en las mañanas y que el momento en el que puede relajarse un rato es durante la clase de religión: "Son mi perdición, ya que no puedo evitar echar una pestañadita", confiesa.
Esta esofrzada trabajadora dice que cuando tiene que rendir alguna prueba, estudia con bastante anticipación o se lleva los cuadernos al trabajo. "En general, nunca tengo problemas”, expresa con orgullo.
Además de estudiar y trabajar, Olga comparte su tiempo con su pololo, quien trabaja en un local cercano a la calle donde ella se encuentra diariamente por las noches. “Siempre existen cosas buenas y yo creo que por eso conocí aquí a David. Primero éramos amigos y ahora pololeamos. Es súper entretenido porque siempre nos vemos cuando él sale del trabajo y yo ya estoy aquí”, explica Olga con los ojos inundados de felicidad.
Escuchar a Olga hablar nos hace sentir como si estuviéramos frente a una mujer adulta. Sus 16 años parecen no ser suficientes para acumular tantas experiencias. Y es que la necesidad hace madurar a cualquiera y así como sentencia Olga, “uno debe saber lo que tiene que hacer: en mi caso tengo que trabajar porque soy la mayor de las mujeres y tengo que estudiar para ser alguien en la vida".
