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Quienes la juegan aseguran que se trata de fuerza, pero también de técnica. Porque no tiene nada de fácil tirar un tejo y darle a un pequeño hilito situado sobre un cuadrado de barro, a varios metros de distancia.
La historia dice que la tradicional rayuela nació en los cuarteles militares. Los soldados la idearon sobre la base de antiguos juegos españoles y trazaron canchas en los patios de los carteles, entreteniéndose durante largas horas. Fue muy conocido sobre todo en el cuartel de Dragones de la Reina, al fondo del Palacio de Gobierno, donde actualmente está situada la 1º Compañía de Bomberos de Santiago.
Sin embargo, pronto este juego salió de los cuarteles, adoptándolo el pueblo entero, en especial los criollos y mestizos, que se encargaron de mantenerlo durante toda la Colonia.
Tanto arraigó en las costumbres populares, que llego hasta nuestros días, sobre todo en campos uy aldeas, sin dejar de lado los pueblos y las grandes ciudades, donde se han creado los "Clubes de Rayuela"
En la actualidad hay unas 50 mil personas que practican regularmente este deporte, de todas las edades y lugares de Santiago.
Y es que aunque suene sencillo, achuntarle al medio del hilo no tiene nada de fácil. Seguir sus reglas tampoco.
Un Viaje por el Tiempo
En el corazón de Recoleta está ubicado el local "San Martín". No es un bar ni un restaurante, pese a que los pocos comensales que hay se deleitan con el infaltable vasito de vino, de ese bigoteado. Esta es una Quinta de Recreo, de esas que ya no quedan.
Quienes vienen aquí lo hacen por costumbre, porque es su hogar, por tradición. Casi todas son personas del sector que han pasado aquí gran parte de sus vidas, compartiendo una cañita (que aquí aún existen), el bigoteado o un buen y chileno jote. Para picotear nada de chorrillanas, tablitas de queso o tapaditos. No, aquí se come pernil tipo "santuchito", churrascos o huevos revueltos.
Al fondo del local, una cancha de rayuela. Domingo por medio el Club Segundo Vivanco hace de local y sus integrantes se toman el patio trasero. Esta semana les tocó enfrentar al Club José María Caro.
Aquí nada es al lote, según dice el presidente del Club, Emilio Aguilera. Para jugar hay que estar en regla. Primero hay que inscribirse, para lo cual hay que rendir una prueba de fuego: tirar un tejo y dar en el barro. Si lo hace, significa que tiene pasta para la rayuela. Entonces el resto es llevar 2 fotografías pequeñas para mandar el carnét a la Asociación de Rayuela de Conchalí para que ésta lo timbre y pueda comenzar a jugar.
Lo segundo es tener los implementos necesarios. En este caso lo más importante son los tejos, que deben tener una medida de 7 centímetros de alto y 6,2 de ancho. Ni más ni menos. Sino, no vale. Y como la cosa es bien clara, cada tejo se mide previo juego. Tienen que estar en buen estado, y eso sobra decirlo, porque quienes practican este deporte saben que es su elemento más importante y los cuidan como huesos santos.
Antes, muchos años antes, la rayuela se jugaba con piedras y los tejos se llamaban Tecum, que ahora son de metal.
Los pesos pueden variar: los más livianos pesan entre 1,1 kilos y los 2,25 kilos. Su uso no depende de la fuerza, sino de algo más técnico. "Depende de la cancha, porque si el barro está muy blando un tejo pesado se hunde, y si está muy dura uno muy liviano rebota", aclara Aguilera.
La cancha tampoco es cualquier cosa. Debe ser de barro y respetarse las medidas: 1 metro por 1 metro, contando el marco sería 1,2 por 1,2 metros y debe estar 14 metros de distancia desde el punto del lanzamiento.
El reglamento dice que desde el momento en que uno se sitúa en el lugar del lanzamiento no se puede mover de ahí hasta que el tejo caiga en el barro. Nada de dar pasitos hacia atrás o hacia delante, porque el árbitro -ningún deporte que se precie de serio no lo tiene- está siempre mirando. En el Club Vivanco tomaron todas las precauciones: hay un tope de concreto detras del cual hay que pararse, y no se puede pasar de él hasta que el tejo caiga en el barro.
Pero antes siquiera de pararse en el punto de lanzamiento hay que estar perfectamente identificado. En el Segundo Vivanco tienen camisetas, las cuales es obligación vestir antes de siquiera pensar en lanzar el tejo. Sino, se debe usar un distintivo.
Aunque se puede jugar de forma individual, la idea es hacer equipos. Acá, los campeonatos se juegan a 6 clubes. Los enfrentamiento son entre dos clubes rivales que tienen 12 equipos cada uno,es decir, 12 parejas que juegan sólo una vez por partido. La elección de la pareja es, por lo general, libre. es decir, cada uno elige con quién quiere jugar, pero de todas formas hay un capitán que es el encargado de ordenar las parejas y ver que cada miembro del Vivanco tenga una.
Cada integrante tiene dos tejos para lanzar. El objetivo es que, al menos, el tejo caiga dentro del barro porque así se aseguran 1 puntito. Pero la idea es darle al liezo que divide al cuadrado en dos que significa hacer una "quemada", por lo menos rozarlo porque así se ganan dos puntos.
Lo entretenido del juego es que si un tejo queda cerca, con el segundo tejo hay que tratar de moverlo para que toque la cuerda y así sea punto. Es más difícil de lo que se piensa. Primero porque el tejo es pesado y segundo porque la distancia hace más difícil calcular el tiro.
Pero la rayuela no es un simple deporte de fin de semana. Los clubes están más organizados de lo que se piensa y los jugadores también tienen pases, que se venden y compran con el fin de salir campeones.
Deporte Popular
El Segundo Vivanco va en el puesto número 6, de 12 equipos, peleando punto a punto con sus rivales de domingo, los del José María Caro. Su presidente dice que este año están mejor que el anterior, compraron 15 refuerzos de un club que de disolvio así que los pases salieron baratos. "Pero hay jugadores con pases que valen 500 mil pesos y hasta 1 millón", asegura Aguilera, aunque reconoce que la presión es grande porque en ese caso están siempre obligados a ganar.
Los jugadores que se compran tienen que estar 2 años en su nuevo club. Así, son varios los que han vestido más de una camiseta.
Son las siete de la tarde. Desde las 3 los tejos vuelan en el patio del "San Martín" y está muy lejos de terminar. En promedio un partido dura unas 5 horas. "Cuando es fácil uno se va a las 8 de la noche, pero a veces tocan partidos difíciles y podemos estar hasta las 11 acá", cuenta Aguilera.
Los campeonatos también son largos. Acá están jugando desde la última semana de febrero, y no paran hasta terminar noviembre. Luego viene un receso, para volver a empezar.
Aguilera aclara que la rayuela, pese a ser un deporte popular, está muy lejos del estigma de los "curados". "Hay muchos que no toman", asegura. Y es verdad. Aunque en una esquina arde una parrilla con restos de longanizas y un par de espectadores tienen cara de haber probado un vasito de tinto, los jugadores están concentrados en los tejos.
Quienes lo practican dice que es pura práctica, y que es un deporte sano donde lo mejor de todo es la camaradería que se produce, una que data del año 1944 en el caso del Vivanco, y de 1928 en el caso de sus rivales de turno.
Muchos de los que están acá juegan por tradición, algo así como un legado familiar. Emilio Aguilar juega con su padre, quien es además su compañero de equipo y capitán. Su madre es la secretaria del Club, quien debe registrar los equipos y llenar las papeletas.
Para financiarse recurren a los fondos concursables de la Municipalidad y con la entrada de 600 pesos que cancela cada jugador en la entrada se entrega una parte a la Asociación, que a fin de año devuelve como un premio que es para todos por igual, que permite financiarse al Club.
Después de risas y bromas, y uno que otro alegato que al final se quedan en la "cancha". Esa es la gracia de la rayuela, que sigue intacta desde tiempos de la Colonia y aunque no se vea, esta más viva que nunca.
Por Natalie Huerta